Cuentos infantiles y emociones: cómo ayudan a los chicos a expresar lo que sienten
¿Alguna vez un cuento te ayudó a decir algo que no sabías cómo explicar?
Hay cosas que a veces son difíciles de decir.
Un niño puede sentir miedo, enojo, celos, tristeza o vergüenza, pero no siempre encuentra las palabras para explicar qué le pasa. Puede haber vivido una situación en la escuela, un conflicto con un amigo, un cambio en su familia o simplemente tener una emoción que todavía no sabe nombrar.
Y ahí aparece algo tan sencillo —y tan poderoso— como un cuento.
Cuando hablar de uno mismo es demasiado difícil
Muchas veces, preguntar directamente “¿Qué te pasa?” no alcanza.
Incluso puede generar que el niño se cierre, responda “no sé” o simplemente cambie de tema.
Pero cuando esa misma situación aparece en la historia de un personaje, algo puede cambiar.
“¿Por qué pensás que el personaje se sintió así?”
“¿Alguna vez te pasó algo parecido?”
“¿Qué podría hacer para sentirse mejor?”
Ya no estamos preguntando directamente por el niño. Estamos hablando de un personaje.
Y eso puede ofrecer una distancia que ayuda a sentirse más seguro para hablar.
Los personajes como un espejo
Los cuentos permiten que los chicos se identifiquen con los personajes y reconozcan en ellos emociones, conflictos y situaciones que también forman parte de su vida cotidiana.
Un personaje puede tener miedo de quedarse solo, enojarse porque siente que algo es injusto, ponerse triste porque un amigo no quiere jugar o sentir vergüenza cuando tiene que hacer algo frente a los demás.
Quizás el niño nunca diga:
“Me siento desplazado por mis compañeros.”
Pero puede decir:
“El personaje está triste porque nadie quiso jugar con él.”
Y esa frase puede ser el comienzo de una conversación.
Los personajes funcionan, muchas veces, como un puente entre lo que sentimos y lo que podemos expresar.
Proyectar para poder comprender
Cuando los chicos hablan de lo que le sucede a un personaje, también pueden proyectar sus propias emociones y experiencias.
No significa que cada respuesta esconda necesariamente una experiencia personal. Pero sí que el cuento puede ofrecer un espacio cuidado para pensar sobre situaciones que forman parte de la infancia.
A través de la historia podemos preguntar:
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¿Qué sentirá este personaje?
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¿Por qué habrá reaccionado de esa manera?
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¿Qué podría haber hecho diferente?
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¿Qué le dirías si fuera tu amigo?
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¿Alguna vez te sentiste parecido?
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¿Qué podría ayudarlo?
Estas preguntas no buscan encontrar la respuesta correcta.
Buscan abrir una conversación.
El cuento también puede entrar en el aula
Para los docentes, la literatura puede convertirse en una oportunidad para trabajar mucho más que comprensión lectora.
Un cuento puede abrir conversaciones sobre:
emociones, vínculos, conflictos, empatía, convivencia, miedos, cambios, frustraciones y situaciones cotidianas.
Y hacerlo sin convertir cada historia en una actividad con respuestas cerradas.
A veces alcanza con leer, detenerse en una escena y preguntar:
“¿Qué creen que está sintiendo?”
Después, escuchar.
Porque quizás aparezcan respuestas inesperadas. Y quizás, entre esas respuestas, algún niño encuentre una manera de hablar de algo que todavía no podía explicar.
En casa también podemos leer para conversar
La lectura compartida puede generar un momento especialmente valioso para las familias.
No hace falta transformar cada cuento en una lección.
Podemos simplemente leer y, cuando aparece una situación significativa, hacer una pausa:
“¿Vos qué hubieras hecho?”
“¿Cómo pensás que se sintió?”
“¿Te pasó alguna vez algo parecido?”
Y si el niño no quiere responder, también está bien.
A veces leer juntos ya es una forma de acompañar.
Porque el cuento no obliga a hablar. Ofrece una posibilidad.
Tal vez por eso contamos historias
Los cuentos nos permiten hablar de nosotros sin tener que hablar directamente de nosotros.
Nos prestan personajes para ponerles nombre a nuestros miedos, nuestras alegrías, nuestros enojos y nuestras preguntas.
Y quizás ahí esté una de las grandes posibilidades de la literatura infantil:
ayudarnos a decir algo que todavía no sabíamos cómo explicar.
Por eso, cuando leamos un cuento con nuestros chicos —en casa o en la escuela— quizás valga la pena no preguntarnos solamente “¿qué aprendieron?”
Podemos preguntarnos también:
“¿Qué conversación nos permitió abrir esta historia?”